¿Cómo se originan las variedades tradicionales de cultivo?
Cuando hablamos de variedades de cultivo, nos referimos a aquellas plantas que, por las características de su fruto o de su crecimiento, se pueden considerar diferenciadas dentro de una misma especie. Un buen ejemplo lo encontramos con la tomatera (Solanum lycopersicum), que es probablemente la planta con más variedades de cultivo presentes en Cataluña. Aunque sea siempre la misma especie, en los mercados encontramos tomates muy diversos: de colgar, de rama, corazón de buey, de Montserrat… Cada uno con un uso culinario concreto, como para ensaladas, conservas o para restregar.
Ahora bien, ¿qué entendemos por una variedad tradicional?
Se trata de aquella que ha sido cultivada en una zona determinada durante, como mínimo, los últimos cincuenta años. Lamentablemente, esta antigüedad no siempre se puede documentar con precisión. A menudo es la memoria oral la que nos recuerda que se trata de “las hortalizas de toda la vida”, propias de un territorio.
El origen de una variedad local
Todo empieza con la llegada de una semilla a un territorio donde esa planta no se había cultivado antes. Imaginemos, por ejemplo, una calabacera. El cultivo tradicional consistía en dejar que completara todo su ciclo biológico: germinación, crecimiento, floración, fructificación, maduración del fruto, recolección de semillas y su posterior limpieza y conservación.
Este proceso se repetía año tras año, y suponía una selección humana constante. A menudo, el hortelano elegía las mejores calabazas para guardar sus semillas: las más grandes, las más dulces, las más resistentes a plagas, a la sequía o al frío… Paralelamente, también intervenía la selección natural, ya que las semillas debían sobrevivir a los cambios de temperatura, humedad y luz dentro de armarios, altillos, desvanes, o más recientemente, congeladores. Solo aquellas más adaptadas lograban germinar la primavera siguiente.
Con el paso del tiempo, las plantas se volvían cada vez más adaptadas al medio local, y las calabazas de un municipio acababan diferenciándose de las de la comarca vecina. Así es como, de forma conjunta, la selección natural y la acción de las personas han ido configurando las variedades locales que conocemos hoy.
Un legado vivo
Esta combinación entre selección natural y artificial forma parte de la historia de la domesticación vegetal. Un legado valioso que ha llegado hasta nuestros días y que hay que seguir cuidando. Hoy, muchas personas siguen esta tradición, buscando aquellas plantas que mejor se adaptan a su huerto, a su territorio y a unas condiciones climáticas cada vez más cambiantes.
Sin embargo, esta tarea se ha ido perdiendo progresivamente. En muchos casos, la recolección y conservación de semillas ha sido sustituida por la compra de plantones en cooperativas agrícolas. Este sistema facilita mucho el cultivo de la huerta, pero también hace que se pierda el vínculo directo con la semilla y con la riqueza genética que representa.
Por eso, hay que seguir difundiendo y promocionando el patrimonio hortícola local: variedades de verduras, hortalizas, legumbres y frutas que son parte de nuestra cultura, de nuestra historia y de nuestro paisaje. Solo así podremos seguir sembrando el futuro a partir de las semillas del pasado.
