La ponsetia y el secreto de su rojo

Brácteas que encienden el invierno

Cuando llega diciembre, muchos hogares se iluminan con un rojo intenso que anuncia el inicio del adviento. Es el color de la poinsettia (Euphorbia pulcherrima), una planta que a menudo llamamos “flor de Navidad”, aunque lo que nos cautiva no son los pétalos, sino las brácteas: hojas modificadas que la planta utiliza para proteger y destacar sus flores reales, muy pequeñas y discretas. Estas estructuras coloreadas, comunes en diversas familias botánicas, son especialmente emblemáticas en el género Euphorbia, donde los ciatios (inflorescencias que imitan una sola flor) esconden un delicado ingenio evolutivo.

La poinsettia es originaria de los bosques tropicales de México y Guatemala, donde puede crecer como un arbusto alto o incluso un arbolito, de hasta cuatro metros, y tomar color coincidiendo con las celebraciones de invierno. Este vínculo natural con el calendario es lo que ha acabado convirtiéndola en un símbolo universal de la Navidad. La planta, sin embargo, es mucho más sensible de lo que parece: sufre con el exceso de riego, con el aire seco de la calefacción y con las corrientes frías. Por eso a menudo no sobrevive mucho más allá de las fiestas.
Su rojo, tan característico, depende de un fenómeno clave: el fotoperiodo, es decir, la duración de luz y oscuridad que recibe cada día. La poinsettia es una planta de días cortos, de modo que solo desarrolla brácteas coloreadas cuando pasa noches largas e ininterrumpidas. En los invernaderos, los productores aprovechan esta sensibilidad y, en otoño, cubren las plantas durante 12–14 horas seguidas para acelerar e intensificar el cambio de color.

Así, detrás de esta planta tan presente en los hogares, se esconde un conjunto de mecanismos biológicos muy precisos que explican por qué cambia de color y por qué es tan sensible a las condiciones de casa. Conocerlos nos ayuda a entender mejor la poinsettia y a disfrutarla con más criterio durante las fiestas.

 

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