En la plaza de Narberhaus ya luce, un año más, nuestra exposición de calabazas. Una muestra de variedades que sorprende por la diversidad de formas, colores y tamaños, y que nos recuerda hasta qué punto este fruto ha acompañado a la humanidad a lo largo de la historia.
Este año presentamos 17 variedades de géneros diferentes —Cucurbita y Lagenaria—. Las semillas, inicialmente obtenidas de la cooperativa Les Refardes, ya forman parte de nuestro propio ciclo de conservación. Las calabazas que se sembraron en el mes de marzo provienen de la cosecha de Marimurtra del año anterior. Entre las piezas más singulares encontramos la “serpiente de Sicilia” (Lagenaria siceraria longuissima), las calabazas gigantes de Cucurbita maxima o las delicadas variedades de Cucurbita moschata, como la “del Violín” o la “larga de Gironella”.
Más allá de la forma: el valor de conservar variedades
Las calabazas forman parte de la familia de las Cucurbitaceae, con más de 120 géneros y unas 900 especies. Cultivadas desde hace unos 15.000 años, han sido utilizadas para la alimentación, la medicina y, incluso, como utensilios cotidianos, especialmente en el caso de las calabazas de botella (Lagenaria siceraria).
Conservar variedades locales es clave para mantener viva esta diversidad. En tiempos de globalización y monocultivo, estas colecciones nos recuerdan el valor de un patrimonio agrícola que es necesario preservar.
Una curiosidad de este año: las hibridaciones
Este año hemos detectado que algunas calabazas de Marimurtra han sufrido hibridaciones involuntarias. No sabemos exactamente qué especies se han cruzado, pero han aparecido ejemplares con rasgos que combinan características de diferentes variedades y que, por lo tanto, no corresponden a las especies originales.
¿Por qué ocurre?
Las calabaceras son plantas de la familia Cucurbitaceae, con especies muy cercanas y a menudo compatibles entre sí. Esto hace que, cuando reciben polen de otra variedad —transportado por el viento, por los insectos o por otros animales—, se puedan generar híbridos de manera natural. La proximidad entre plantas y la coincidencia de floración facilitan aún más este intercambio.
Este fenómeno de hibridación no es negativo en sí mismo, ya que puede dar lugar a nuevas formas y posibilidades. Sin embargo, cuando se quieren conservar variedades locales concretas, hay que vigilarlo: si no se controla bien, algunos rasgos característicos se pueden diluir o acabar desapareciendo.
¡Ven a verlas!
La exposición se puede visitar durante todo el otoño en la plaza de Narberhaus, en el segundo jardín de Marimurtra. El objetivo es mostrar la biodiversidad agrícola y destacar la importancia de conservar las variedades tradicionales.